Acabada mi primera novela autobiográfica, que saldrá si todo va bien, el próximo diciembre, os dejo el primer capítulo, para que vayáis leyéndola. Espero que os guste y si no es así, por lo menos conoceréis un poquito más de mi historia con las drogas. Os dejo las 6 primeras páginas del primer capítulo. Título, "Mentes Blancas" ¿Lo pillas?
Aquella mañana llegué tarde. Sabía que me iba a pasar, porque al salir de casa miré el reloj, aunque no suelo hacerlo y a veces ni siquiera lo llevo, vi que había tardado demasiado en levantarme y ahora el tiempo se me echaba encima. Subí a mi viejo coche, un Citröen AX de color gris oscuro de segunda mano, pisé el acelerador y no lo solté hasta llegar al lugar de trabajo. Desde mi casa hasta “el Centro”, que así lo llamamos, hay unos 15 minutos aproximadamente, eso siempre que cojas todos lo semáforos en verde que, normalmente me ocurre, excepto ese día ¡que casualidad! por lo que tardé casi el doble de tiempo en llegar. La suerte no estaba de mi lado y ya me temía lo peor.
Aparqué el coche donde siempre, en una pequeña explanada frente al lugar de trabajo. Un gran edificio rectangular de dos plantas, cedido por la Junta de Andalucía, que antiguamente era el Psiquiátrico: largos pasillos oscuros que daban a las distintas habitaciones de los internos y un gran salón en la planta inferior que les servía de comedor. Actualmente estaba todo remodelado, pero en las tardes oscuras, aquellos pasillos seguían recordándonos lo que fue en su tiempo y, el lugar, se volvía tétrico y terrorífico. Al aparcar pisé un pequeño jardín que tenemos en la entrada, seco y ajado por la falta de atención, lo cual dice poco de mí, teniendo en cuenta que es una de mis responsabilidades. No es por justificarme, pero últimamente estaba algo descentrado, y lo que menos me preocupaba era el pequeño jardín de la entrada.
Para entrar en el edificio, hay que pasar por una ventana que da a una sala donde cada mañana nos reunimos para organizar el día, así que mi llegada, 10 minutos tarde, era esperada. Al entrar, se hizo el silencio, la tensión se cortaba, sentí todas las miradas clavadas en mí.
_ Lo siento, me he quedado dormido._ No se me ocurrió otra cosa mejor. En aquel momento pensé que había agotado mi último cartucho, que sería la gota que colmaría el vaso ya que, en este último mes, había llegado demasiadas veces tarde, pero para mi sorpresa, no fue así; nadie me dijo nada, excepto el Director que, a modo de hacerse notar, me sermoneó con una de sus frases - ¡ A ver si llegamos antes! -. Respiré profundamente y sin mirar a nadie, como quien no quiere la cosa, me senté. La realidad es que estaba algo sorprendido, ya que no es normal este tipo de reacciones; en “el Centro” la puntualidad es un valor muy importante, sobre todo por el trabajo que realizamos, y nunca falta el pedante que suelta eso de:
_ “¿Ese es el ejemplo que le vas a dar a los chicos?, Tú eres un modelo a seguir, y esa actitud no es propia de un terapeuta de “Mentes Blancas”_ Como si fuéramos dioses, perfectos ídolos, seres fastuosos y pulcros, dignos de un semblante magistral ¡vaya hipocresía!, pero ante este tipo de comentarios, sólo había que seguir el juego reconociendo tu enorme error y asentir, pues cualquier respuesta que se pudiera dar podría ser entendida como no-aceptación del error y una actitud defensiva impropia de nuestro aparente talante.
La sala de terapeutas, como su nombre indica en un pequeño cartel encima del marco de la puerta, no es que sea muy amplia pero, para los cinco terapeutas que componemos normalmente el equipo de trabajo, es suficiente, excepto los días en que se presenta la Presidenta, cuando se presenta, que suelen ser los lunes, quizás para ver qué tal andan “sus súbditos”; esos días todo es distinto: se miden las palabras, se evitan los comentarios fuera de lugar y, sobre todo, nos invade un complot generalizado que convencería a cualquiera. Por suerte para mí, ese día no era lunes porque, como a todos, a mí “la presi” me impone, siempre lo ha hecho.
Recuerdo el primer día que la conocí, contaba veintidós años recién cumplidos. Contacté con ella a través de un cura amigo de la familia, como casi todos los que trabajamos en “Mentes Blancas”: programa de desintoxicación y tratamiento de drogodependencias. Aquel día, nervioso, como mandan los cánones, sabía que me enfrascaría en una aventura que cambiaría mi vida por completo, utilicé mis mejores galas y puse rumbo a mi pequeña odisea. Había quedado en un bar, me pareció poco formal para una entrevista de trabajo, por lo que no puse ningún impedimento, “cuanto menos me lo compliquen, mejor” pensé yo. Llegué media hora antes y busqué rápidamente mi objetivo, pues tenía una cierta idea de su aspecto: señora, de unos cuarenta años, algo gruesa y de pelo moreno, su nombre Pasión, pero todos la llamaban Pasi. En el bar donde habíamos quedado sólo había una pareja, supuse que recién casados por lo jóvenes que eran, anillos demasiado brillantes en sus dedos, movimientos constantes y oscilantes del anillo y muy efusivos en sus besos, así que me senté, pedí un refresco y encendí un cigarro. La espera me puso más nervioso y sólo podía pensar qué era lo que iba a decir y en si le gustaría o no; daba una y otra vez vueltas a lo mismo, noté que me estaba obsesionando y, en ese preciso momento, me fijé en una mujer que reunía las características que me habían dado, se acercaba hacia mí, mis piernas comenzaron a temblar, la boca se me secaba cada vez más y mi sangre fluía a un ritmo acelerado. Hubo un instante en el que creí que se me saldría el corazón.
_Tú eres Federico ¿verdad?
_Sí, señora. _No sé de dónde saqué la voz para pronunciar aquellas palabras, pero las dije. Era como la esperaba, aparentemente dulce y agradable, con cierta timidez al hablar, aunque me confundía una sonrisa entrecortada que no me acababa de convencer; vestía demasiado formal, con un traje de chaqueta color marrón y una camisa blanca, traía una carpeta negra, imitación de piel, bastante grande, la colocó encima de la mesa y, sin decirme nada más, pidió al camarero que en aquel momento pasaba.
_Una botella de agua, por favor. _ Y se dirigió a mí, sin mirarme siquiera a los ojos.
_ ¿Te han contado algo del programa Mentes Blancas?
_ Muy poco. Sólo sé que es un Centro que pretenden abrir aquí para rehabilitar a drogadictos.
_ Yo prefiero que utilices la expresión toxicómanos…
A partir de ahí no escuché ni una palabra más. Recuerdo que comenzó su aclaración en forma de un pequeño seminario explicativo, con frases hechas y perfectamente estudiadas...
_“ Es un programa terapéutico educativo para...”
Creo que fue en ese instante donde me perdí. En aquel momento circuló mi vida por mi cabeza y me pregunté si estaba seguro de lo que quería. Siempre, desde que tengo uso de razón, he ayudado a los demás, creo que no por ellos, sino por mí; me sentía bien, me daba un cierto aire de grandeza, quizás hasta me hacía sentir superior. Nunca supe si a eso se le podía llamar ayudar.
Ya de pequeño, en mi familia, debido a la pronta separación de mis padres y al ser el mayor de cinco hermanos, tuve que asumir el rol de padre, una función que, aunque no quería, por decreto de mi madre, me tocó. Después estuve en un colegio interno y ese rol paternalista se potenció, no sólo con mis hermanos, sino con los amigos de ellos. Contaba 15 años cuando ya me quedaba a cargo de los más pequeños del colegio para ayudarlos a comer y darles un cate si les hacía falta, bueno eso creía yo. Más tarde, sin saber el motivo, entré en un Centro juvenil donde fui monitor varios años. Me gustaba el mundo de la animación y el teatro; los juegos siempre se me han dado muy bien y me decían que tenía don de palabra, que era capaz de hacer reír y llorar si hacía falta. Sin embargo, eso también tenía su coste, como el tener que dejar mis estudios de BUP y de Administrativo, que retomé años más tarde, al tener que ayudar económicamente a mi familia trabajando. Hice muchos cursos sobre ocio y tiempo libre, todos los que el tiempo, valga la redundancia, me permitía: entre otras actividades, los sábados, hacía juegos para los chicos que recibían catequesis y fue ahí donde contacté con el cura que me recomendó para esta entrevista. Además, cantaba en un coro todos los domingos en misa, no porque creyera en Dios, sino porque la chica de la que me había enamorado era una de las que llevaba el coro. Una efectiva táctica para un buen ladrón de corazones, como diría Antonio Gala.
Cuando, además de estudiar B.U.P., trabajaba de vigilante jurado en la estación de autobuses, que aunque no era un chollo, como solemos decir, no me desagradaba mi labor dado que, sin saber por qué razón, me atraía este tipo de trabajo. Y ahora estaba en un bar con una mujer que no paraba de hablar con entusiasmo, mientras yo decidía si esto era lo que yo quería hacer en mi vida
En un momento de lucidez oí:
_ ¿Qué te parece?.
_ Estupendo. ¿Cuándo empezamos?
No supe si mi comentario venía al caso, pero no tenía ni puñetera idea de lo que debía contestar, aunque creo que acerté, ya que me dijo que el lunes iría a Málaga, donde estaban aquellos “dioses” que decidirían si yo era apto o no para ser terapeuta. Me dio un número de teléfono de una tal Mª José y, como si de un deber se tratara, pagó lo que habíamos consumido al camarero y, con un beso en cada mejilla, se marchó, no sin antes sonreírme con aquella expresión que me ponía nervioso. No volví a verla hasta el mes y medio siguiente.
Aparqué el coche donde siempre, en una pequeña explanada frente al lugar de trabajo. Un gran edificio rectangular de dos plantas, cedido por la Junta de Andalucía, que antiguamente era el Psiquiátrico: largos pasillos oscuros que daban a las distintas habitaciones de los internos y un gran salón en la planta inferior que les servía de comedor. Actualmente estaba todo remodelado, pero en las tardes oscuras, aquellos pasillos seguían recordándonos lo que fue en su tiempo y, el lugar, se volvía tétrico y terrorífico. Al aparcar pisé un pequeño jardín que tenemos en la entrada, seco y ajado por la falta de atención, lo cual dice poco de mí, teniendo en cuenta que es una de mis responsabilidades. No es por justificarme, pero últimamente estaba algo descentrado, y lo que menos me preocupaba era el pequeño jardín de la entrada.
Para entrar en el edificio, hay que pasar por una ventana que da a una sala donde cada mañana nos reunimos para organizar el día, así que mi llegada, 10 minutos tarde, era esperada. Al entrar, se hizo el silencio, la tensión se cortaba, sentí todas las miradas clavadas en mí.
_ Lo siento, me he quedado dormido._ No se me ocurrió otra cosa mejor. En aquel momento pensé que había agotado mi último cartucho, que sería la gota que colmaría el vaso ya que, en este último mes, había llegado demasiadas veces tarde, pero para mi sorpresa, no fue así; nadie me dijo nada, excepto el Director que, a modo de hacerse notar, me sermoneó con una de sus frases - ¡ A ver si llegamos antes! -. Respiré profundamente y sin mirar a nadie, como quien no quiere la cosa, me senté. La realidad es que estaba algo sorprendido, ya que no es normal este tipo de reacciones; en “el Centro” la puntualidad es un valor muy importante, sobre todo por el trabajo que realizamos, y nunca falta el pedante que suelta eso de:
_ “¿Ese es el ejemplo que le vas a dar a los chicos?, Tú eres un modelo a seguir, y esa actitud no es propia de un terapeuta de “Mentes Blancas”_ Como si fuéramos dioses, perfectos ídolos, seres fastuosos y pulcros, dignos de un semblante magistral ¡vaya hipocresía!, pero ante este tipo de comentarios, sólo había que seguir el juego reconociendo tu enorme error y asentir, pues cualquier respuesta que se pudiera dar podría ser entendida como no-aceptación del error y una actitud defensiva impropia de nuestro aparente talante.
La sala de terapeutas, como su nombre indica en un pequeño cartel encima del marco de la puerta, no es que sea muy amplia pero, para los cinco terapeutas que componemos normalmente el equipo de trabajo, es suficiente, excepto los días en que se presenta la Presidenta, cuando se presenta, que suelen ser los lunes, quizás para ver qué tal andan “sus súbditos”; esos días todo es distinto: se miden las palabras, se evitan los comentarios fuera de lugar y, sobre todo, nos invade un complot generalizado que convencería a cualquiera. Por suerte para mí, ese día no era lunes porque, como a todos, a mí “la presi” me impone, siempre lo ha hecho.
Recuerdo el primer día que la conocí, contaba veintidós años recién cumplidos. Contacté con ella a través de un cura amigo de la familia, como casi todos los que trabajamos en “Mentes Blancas”: programa de desintoxicación y tratamiento de drogodependencias. Aquel día, nervioso, como mandan los cánones, sabía que me enfrascaría en una aventura que cambiaría mi vida por completo, utilicé mis mejores galas y puse rumbo a mi pequeña odisea. Había quedado en un bar, me pareció poco formal para una entrevista de trabajo, por lo que no puse ningún impedimento, “cuanto menos me lo compliquen, mejor” pensé yo. Llegué media hora antes y busqué rápidamente mi objetivo, pues tenía una cierta idea de su aspecto: señora, de unos cuarenta años, algo gruesa y de pelo moreno, su nombre Pasión, pero todos la llamaban Pasi. En el bar donde habíamos quedado sólo había una pareja, supuse que recién casados por lo jóvenes que eran, anillos demasiado brillantes en sus dedos, movimientos constantes y oscilantes del anillo y muy efusivos en sus besos, así que me senté, pedí un refresco y encendí un cigarro. La espera me puso más nervioso y sólo podía pensar qué era lo que iba a decir y en si le gustaría o no; daba una y otra vez vueltas a lo mismo, noté que me estaba obsesionando y, en ese preciso momento, me fijé en una mujer que reunía las características que me habían dado, se acercaba hacia mí, mis piernas comenzaron a temblar, la boca se me secaba cada vez más y mi sangre fluía a un ritmo acelerado. Hubo un instante en el que creí que se me saldría el corazón.
_Tú eres Federico ¿verdad?
_Sí, señora. _No sé de dónde saqué la voz para pronunciar aquellas palabras, pero las dije. Era como la esperaba, aparentemente dulce y agradable, con cierta timidez al hablar, aunque me confundía una sonrisa entrecortada que no me acababa de convencer; vestía demasiado formal, con un traje de chaqueta color marrón y una camisa blanca, traía una carpeta negra, imitación de piel, bastante grande, la colocó encima de la mesa y, sin decirme nada más, pidió al camarero que en aquel momento pasaba.
_Una botella de agua, por favor. _ Y se dirigió a mí, sin mirarme siquiera a los ojos.
_ ¿Te han contado algo del programa Mentes Blancas?
_ Muy poco. Sólo sé que es un Centro que pretenden abrir aquí para rehabilitar a drogadictos.
_ Yo prefiero que utilices la expresión toxicómanos…
A partir de ahí no escuché ni una palabra más. Recuerdo que comenzó su aclaración en forma de un pequeño seminario explicativo, con frases hechas y perfectamente estudiadas...
_“ Es un programa terapéutico educativo para...”
Creo que fue en ese instante donde me perdí. En aquel momento circuló mi vida por mi cabeza y me pregunté si estaba seguro de lo que quería. Siempre, desde que tengo uso de razón, he ayudado a los demás, creo que no por ellos, sino por mí; me sentía bien, me daba un cierto aire de grandeza, quizás hasta me hacía sentir superior. Nunca supe si a eso se le podía llamar ayudar.
Ya de pequeño, en mi familia, debido a la pronta separación de mis padres y al ser el mayor de cinco hermanos, tuve que asumir el rol de padre, una función que, aunque no quería, por decreto de mi madre, me tocó. Después estuve en un colegio interno y ese rol paternalista se potenció, no sólo con mis hermanos, sino con los amigos de ellos. Contaba 15 años cuando ya me quedaba a cargo de los más pequeños del colegio para ayudarlos a comer y darles un cate si les hacía falta, bueno eso creía yo. Más tarde, sin saber el motivo, entré en un Centro juvenil donde fui monitor varios años. Me gustaba el mundo de la animación y el teatro; los juegos siempre se me han dado muy bien y me decían que tenía don de palabra, que era capaz de hacer reír y llorar si hacía falta. Sin embargo, eso también tenía su coste, como el tener que dejar mis estudios de BUP y de Administrativo, que retomé años más tarde, al tener que ayudar económicamente a mi familia trabajando. Hice muchos cursos sobre ocio y tiempo libre, todos los que el tiempo, valga la redundancia, me permitía: entre otras actividades, los sábados, hacía juegos para los chicos que recibían catequesis y fue ahí donde contacté con el cura que me recomendó para esta entrevista. Además, cantaba en un coro todos los domingos en misa, no porque creyera en Dios, sino porque la chica de la que me había enamorado era una de las que llevaba el coro. Una efectiva táctica para un buen ladrón de corazones, como diría Antonio Gala.
Cuando, además de estudiar B.U.P., trabajaba de vigilante jurado en la estación de autobuses, que aunque no era un chollo, como solemos decir, no me desagradaba mi labor dado que, sin saber por qué razón, me atraía este tipo de trabajo. Y ahora estaba en un bar con una mujer que no paraba de hablar con entusiasmo, mientras yo decidía si esto era lo que yo quería hacer en mi vida
En un momento de lucidez oí:
_ ¿Qué te parece?.
_ Estupendo. ¿Cuándo empezamos?
No supe si mi comentario venía al caso, pero no tenía ni puñetera idea de lo que debía contestar, aunque creo que acerté, ya que me dijo que el lunes iría a Málaga, donde estaban aquellos “dioses” que decidirían si yo era apto o no para ser terapeuta. Me dio un número de teléfono de una tal Mª José y, como si de un deber se tratara, pagó lo que habíamos consumido al camarero y, con un beso en cada mejilla, se marchó, no sin antes sonreírme con aquella expresión que me ponía nervioso. No volví a verla hasta el mes y medio siguiente.
La relación con Pasi no era muy buena que digamos, siempre le achaqué todo lo acaecido a lo largo de los 10 años que me llevé en Mentes Blancas, a su falta de personalidad, en el amplio sentido de la palabra; la falta de creatividad, de asertividad, a veces incluso de profesionalidad, sus juegos de palabras y, sobretodo, su victimismo. Todo esto, que sólo era mi percepción de ella, nos había llevado a un caos de entendimiento total, en todos los niveles. Pero esto sólo era una opinión personal, o eso era lo que ella me decía, cuando le hacía un “feed back” de su forma de llevar la presidencia. Sí tengo que decir que mi modo de exponer las cosas no era muy ortodoxo, pero qué se podía esperar de un chico de veinte y pocos años, inmaduro y sin miedo a decir lo que pensaba, en un lugar donde la forma era más importante que el contenido. Menos mal que en mi preparación como terapeuta supe adaptarme al medio, aprendí rápido y maduré deprisa, algo de lo cual aún me arrepiento, pues perdí una etapa importante en mi vida, que de vez en cuando siento que me han robado, pero fue decisión propia, o eso creo. Lo importante de todo es que acabé lo que empecé, y aquella primera charla con Pasi, no se sí para bien o para mal, pero revolucionó totalmente mi vida.
Federico Pérez "El coronel"







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